About Me

A cave of stories

My grandfather was a marine. Every day I woke up before dawn and ran through the darkness to his house. I usually found him polishing the buttons of his military uniform. When he was finished, he would tell me stories of mermaids, whales, giant birds, monsters, and unknown kingdoms. One day I asked him,

“Grandpa, where do you get all those stories?”

“In the center of the ocean, there is an island with a cave. All the stories of the world are written on the walls of that cave.”

“Can you take me to that cave someday?”

“No, you are just a little girl.

My grandfather died a few months later, but I kept alive the hope of finding that wonderful cave.

I grew up reading everything from cereal boxes to The Count of Monte Cristo. During my teenage years and beyond, books provided me with the emotional shelter that my grandfather’s stories once brought me.

In my last year of college, I landed a job at a museum cellars whose two-story library was full of ancient books: atlases, choir books, nineteenth-century travelogues, and more than a thousand editions of  Don Quixote. Every day after my shift, I would rush to the library and let myself be carried away. Wondering through its stacks, I imagined being in my grandfather’s cave. In those fascinated hours I knew for the first time the certainty that I would dedicate my life to books.

My journey to becoming an editor began when Mexico’s largest art magazine hired me. There I learned to proofread, translate, and—after some years—to edit. Above all, I learned how deep is the commitment of an editor to their books. As a bonus, I had the opportunity to travel to every corner of my country in pursuit of stories. I visited rural villages, pre-Hispanic cities, towns from the viceregal era, museum warehouses, artists’ studios, traditional markets, and ancient libraries. On each trip, I came across fascinating tales. I began to write those that made sense to me filling gaps in my understanding like the last pieces of a puzzle. While working at the magazine I also wrote and published essays on Mexican art and culture, articles on cultural journalism, poems, and literary translations. I compiled anthologies of poems as well. All of these were, for me, different forms of storytelling.

 

In 2005 I published my first book. By 2015, I had written more than a dozen. Once immersed in the river of stories one cannot and does not want to stop the flow of words.

In 2016, love took me to the most beautiful corner of the continent: a paradise whose stories are reflected in the ice. I made my home in Anchorage, Alaska. Since then, new forces have influenced my literary work. First was the need to transport my stories to a foreign language. Having translated professionally, I was aware that stories germinate in the language of their telling, and grow according to its aesthetics. Telling stories born in one language using another is much more than simply conveying their words.

When one throws a stone in a pond, ripples spread out from where it meets the water. Words in a story are each like the stone. When translating, words must be carried to a new language, but one must also draw the stone’s reverberations. That takes time and deep knowledge of both languages.

My literary work shifted also because I became an immigrant, which meant seeing the world from a wholly different perspective.

In 2018 I wrote my first book in the United States. It gathers the stories of underserved children: immigrants, refugees, and children of color. Shirley Mae Springer Stanten and I conducted the research in collaboration, and I wrote the stories of 19 of those children.

Most of these children are, like me, transplanted flowers. After listening to them I felt the urge to keep their stories in my heart forever. Then I realized that I had lots of stories stored in my heart and that I had become like my grandpa’s ancient cave of stories. Every time I write I visit that generous cave. I would like to live there forever.

Una cueva de historias

Mi abuelo era un marino. Todas las mañanas me despertaba antes del amanecer y corría en la oscuridad hasta su casa. Casi siempre lo encontraba puliendo los botones de su uniforme militar. Cuando terminaba él solía contarme historias de sirenas, ballenas, aves gigantes, monstruos y reinos desconocidos. Un día le pregunté:

—Abuelo, ¿de dónde sacas todas esas historias?

—En el centro del océano, hay una isla que tiene una cueva. En las paredes de esa cueva están escritas todas las historias del mundo.

—¿Un día me puedes llevar a conocerla?

—No, porque eres una niña.

Mi abuelo murió pocos meses después, pero yo mantuve viva la esperanza de un día conocer esa cueva maravillosa.

Crecí leyendo todo lo que encontraba, desde la caja de cereales hasta El conde de Montecristo. Durante mi adolescencia y más allá, los libros me proveían de ese cobijo afectivo que tiempo atrás me habían traído las historias de mi abuelo.

En mi último año de universidad comencé a trabajar en un museo con una biblioteca de dos pisos llena de libros antiguos: atlas, libros de coro, libros de viajeros del siglo XIX y más de mil ejemplares del Quijote.

Cada día, después de mi turno de trabajo, me apresuraba a la biblioteca y me dejaba llevar por la emoción. Al caminar entre los anaqueles, me imaginaba en la cueva de mi abuelo. En esas horas de fascinación tuve por primera vez la certeza de que dedicaría mi vida a los libros.

Mi camino para convertirme en editora comenzó cuando la revista de arte más grande de México me contrató. Gracias a ella aprendí a corregir, traducir y —después de algunos años— editar. Aprendí sobre todo el compromiso profundo que tiene todo editor con sus libros. Por si fuera poco, en este trabajo tuve la oportunidad de recorrer casi todo mi país en busca de historias. Visité comunidades rurales, ciudades prehispánicas, poblaciones de la época virreinal, bodegas de museos, estudios de artistas, mercados tradicionales y bibliotecas antiguas. En cada viaje, me topaba con historias fascinantes. Comencé a escribir aquellas historias que hacían sentido para mí, que llenaban huecos en mi manera de entender del mundo, como la pieza que necesitas para terminar un rompecabezas.

Como parte de mi trabajo en la revista también publiqué ensayos sobre arte y cultura mexicana, artículos de periodismo cultural, poemas y traducciones literarias. También preparé antologías de poemas. Todas estas expresiones eran para mí formas distintas de contar historias.

En 2005 publiqué mi primer libro. Para 2015, ya había escrito más de una docena. Una vez que te sumerges en el río de las historias no puedes ni quieres detener el fluir de las palabras. Desde entonces, nuevas fuerzas han moldeado mi trabajo literario. La primera fue la necesidad de transportar mis historias a una lengua ajena. Habiendo hecho trabajo profesional de traducción, estaba consciente de que las historias germinan en un idioma, y crecen de acuerdo con la estética de esa lengua. Contar las historias que nacen en una lengua en otro idioma es mucho más que transportar sus palabras.

En 2016 el amor me llevó hasta el rincón más hermoso del continente, un paraíso cuyas historias se reflejan en el hielo. Formé un hogar en Anchorage, Alaska.

Cuando uno arroja una piedra al agua, ésta genera ondas que se extienden desde el punto en que la piedra cayó. Las palabras de una historia son esa piedra. Al traducir un texto, hay que transportar las palabras, pero también hay que dibujar las reverberaciones de la piedra en el nuevo idioma. Esto toma tiempo y un conocimiento profundo de ambas lenguas.

Mi trabajó también cambió porque me convertí en una inmigrante, lo cual implicó mirar el mundo desde una perspectiva completamente distinta.

En 2018 publiqué mi primer libro en los Estados Unidos. Este volumen reúne las historias de niños inmigrantes, refugiados y de color. Shirley Mae Springer Staten y yo colaboramos en la investigación de este proyecto. Luego yo escribí las historias de 19 de estos niños.

La mayor parte de estos niños son, como yo, flores trasplantadas. Mientras los escuchaba quería guardar sus historias en mi corazón para siempre. Luego me di cuenta de que a lo largo de los años había albergado cientos de relatos en mi corazón, y que me había convertido poco a poco en una cueva de historias como la de mi abuelo. Siempre que escribo visito de nuevo esa cueva generosa. Y quisiera vivir en ella por siempre.